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¿Soy yo o la vida me dio dos zapes el mismo día?

I should really do something

Hola, soy la reina de los pendientes personales. Arrodíllense ante mi poder postergador.

No me gusta presumir, pero tengo un talento especial para aplazar trámites, consultas médicas y otros deberes, hasta que no haya de otra.

Tenía tiempo pensando en regresar con el médico con el que fui a inicios del año para perder peso. Cada semana me decía que ahora sí volvería y que en cuanto estuviera un poco más desocupada lo llamaría para hacer cita. Estuve así, sin marcarle pero con la intención de hacerlo, como un mes.

Hace días mi mamá me contó que debe deshacerse de algunos varios kilos urgentemente por razones que no pienso detallar. Exacto: el pretexto inmejorable para pedirle consulta a “Chinos Locos”. Sí, Chinos Locos, así lo apodamos en secreto por su pelo súper crespo.

Ahora sí le voy a llamar, pensé. Pero odio hablar por teléfono. Además, Chinos Locos me detestaba, y si no, al menos era obvio que prefería a Anuar porque él perdía kilos rapidísimo y yo, en cambio, seguramente era otra de sus pacientes gordas sin remedio así que apenas me prestaba atención.

No quería llamarle, pero tenía que hacerlo. Ya había quedado con mi mamá. Pero no quería, pero sí debía, pero qué güeva, pero era lo correcto, pero meh. Al final Anuar se encargó del asunto. Se ofreció a marcarle para concertar la cita por mí. Llamó, y nada. Le envió un mensaje por WhatsApp, y nada.

De eso me enteré hasta el viernes en la noche, cuando mi mamá, mi hermana y yo nos poníamos de acuerdo para ir a consulta al día siguiente por la mañana.

“Es que Chinos Locos nunca me contestó”, me dijo Anuar.

Ya ni modo. Le avisé a mis compañeras de dieta para cancelar el asunto.

Ahí para la otra.

O más bien, no.

Chinos Locos murió. Nos enteramos ayer. Según nos dijo una de sus pacientes, llevaba días muy enfermo de tifoidea (¿neta todavía la gente se muere de eso?) y falleció en la semana. Chale.

Me dio miedo pensar en los mensajes que le envió Anuar. Qué pedo. Anuar whatsappeó a un muerto.

Horas después se supo lo de Juan Gabriel. Iba a ir a su concierto, pero ya ven que no me gustan tanto ese tipo de romerías y lo dejé pasar. Me arrepentí y por eso quería verlo en el Zócalo. Iba. Quería.

Otra vez: Chale.

¿Soy yo o la vida me dio dos zapes el mismo día?

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Ay la vidita

No puedo dormir

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No puedo.

Las noches no me alcanzan para calcular lo satisfecha que estoy con mis decisiones, para avergonzarme de anécdotas que de todas maneras ya no importan, para tuitear, para leer, para idear cómo acomodar a los invitados de mi boda, para pensar en mi papá, para enumerar los pendientes del día siguiente y del próximo año, para ver porno, para ir al baño y, además, para dormir.

A lo mejor si la noche durara unas 15 horas y el resto del día, unas 20 más, me daría tiempo para todo. Pero no, y ya qué.

No sabría identificar exactamente a partir de cuándo me pasa así. Sé que no es desde siempre. Quizá en el último año y las razones son variadas. En el fondo creo que las sé.

Como sea, aunque logre dormir, lo hago mal. No descanso. Me levanto con la espalda hecha mierda, seguramente por la mala postura que tengo cuando el sueño por fin me noquea. Siento como si sólo hubiera parpadeado, cuando en realidad transcurrieron unas cuatro horas y mis ojos se sienten retacados de arena. Es feo.

Ah, sí, y pobre Anuar porque soporta mis pies helados, la luz del teléfono a media noche y mis tristes intentos por platicar con él cuando todo amodorrado me pide que al menos haga el intento de cerrar los ojos y quedarme quieta.

Hace unas semanas meses mi mamá me regaló un frasco con un surtido rico de ansiolíticos, pero me da miedo clavarme y sólo un par de veces he tomado medias pastillitas.

Híjole. Ojalá dormir no fuera tan importante. Así, a la mañana siguiente, estaría conforme con las tres o cuatro horas que tuve de sueño, seguiría fresca en la tarde y no me sentiría como en este momento, distraía y ansiosa.

Pfff.

Para mí que es sólo una etapa. En unos días es mi cumpleaños. Cuento con que al amanecer, ya de 29, mis angustias se hayan pasado y esté lista para una nueva crisis o como se le llame a esto. Ya sé que no va a ocurrir así, pero a poco no es bonito soñar.

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Ay la vidita

Ir al baño en una empresa pequeña

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Mi vida ha cambiado en muchos sentidos desde que tengo un nuevo trabajo. Usar el baño, es sólo un ejemplo que parece insignificante, pero les aseguro que en absoluto lo es.

En el post anterior no lo especifiqué, pero ahora ya puedo decirles que estoy en Unocero. El Matukplex, como llaman a las oficinas, se ubican en una casa cerca de San Ángel. Una casa.

A diferencia de Reforma (el periódico, no la avenida), que tiene al menos ocho sanitarios en el área editorial, en el Matukplex hay los baños que habría normalmente en una casa, como tres y hasta con regadera.

En los corporativos el asunto del baño es bien simple: los encuentras alejados de la zona de trabajo, por lo general hay tres o cuatro retretes con divisiones y una fila de lavamanos. Si tienes suerte (o así es como yo lo veo porque soy una antisocial), puedes encontrar los sanitarios vacíos y hacer todo lo que necesites hacer con absoluta privacidad. Todo.

Si no tienes esa fortuna, pues nada, te chingas. De todas manera ya sabemos a qué se va al baño y ni modo.

El lío es que aquí, tengo la sensación, todo se escucha y me muero de pena de ir al baño. No puedo, no voy a ir y no pueden obligarme.

Para que me entiendan, desde hace casi dos meses no desayuno fruta ni nada que pueda acelerar mi metabolismo, limito mi consumo de verduras, bebo solamente el agua indispensable y me encuentro reeducando mi cuerpo para prescindir lo más que pueda del baño en horas de oficina.

¿Ya mencioné que soy la única mujer en el Matukplex? ¿Y que el baño está precisamente junto a la oficina del jefe? Creo que todo eso también me inhibe.

Es cierto que las empresas pequeñas son más acogedoras y hasta hogareñas, y el equipo de trabajo se convierte en una especie de familia, pero de ahí a que me sienta a gusto usando el baño del trabajo como lo haría en casa, pues, no sé si algún día llegue a ocurrir. Lo dudo.

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Espero que sigamos siendo amigos

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Fue mi amor de la universidad, mi crush, pues. Me parecía tan atractivo, equilibrado, creativo, honesto, completo que, desde que supe que quería ser periodista, soñé con ser reportera en Reforma.

Así que, cuando apliqué para el Taller de Redacción de Reforma y me aceptaron, fue como si el más guapo de los guapos me hubiera invitado a salir.

Suena cursi, pero les juro que fue un verano inolvidable. Cuando pasaba por el salón donde impartían el taller, todavía olía a mis vacaciones de 2011, a las galletas, al café quemado y al aire acondicionado a tope.

Después de eso las cosas se pusieron serias, dimos el siguiente paso y me contrataron.

 A partir de entonces pasé por las etapas comunes en una relación.

Inicié enamoradísima de Reforma. Luego, con la convivencia diaria, salieron los defectos, los suyos y los míos; hubo viajes, pleitos, fiestas, crisis, aprendizajes, crecimiento.

Cinco años después, mi relación con Reforma se volvió estable. Nos convertimos en una de esas parejas que se quieren y se detestan. 

Y en eso estábamos cuando entró un tercero (¿en discordia?).

Conocí a alguien más.

Me voy, Reforma. Hay alguien más, alguien con ventanas.

No me voy enojada, si acaso desilusionada. Le echamos ganas pero al final no funcionó.

Me voy contenta, satisfecha, confiada y agradecida.

Adiós, Reforma. Espero que sigamos siendo amigos. 

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Creo que ya me morí

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Es que tiene que ser eso. De seguro ya estoy muerta y no me he dado cuenta y todos ustedes son como el niño de Sexto Sentido porque me ven (y me están leyendo) a pesar de que ya fallecí.

¿Que por qué lo digo?

Porque no hay que ser tan listo como para leer las señales. He detectado cinco síntomas que claramente indican que yo ya no pertenezco a este mundo o que una parte de mí ya se echó a perder o que algo está mal conmigo.

Les voy a explicar. Hice una lista y todo.

La primera es que detesto los conciertos. No sé identificar bien a partir de cuándo o por qué, pero ni aunque me invitaran iría a Coachella o a cualquier evento parecido.

Me caga la música a volúmenes altos, las multitudes me agobian, la logística es un lío, me sangran los codos al pagar los boletos. No gozo.

Luego está la playa. No me gusta la playa, me gusta verla en fotos, el concepto me relaja, tengo algunos buenos recuerdos, pero estar ahí me hace sufrir más que reír.

Hace mucho calor, el viento me despeina, el mar me da miedo, la arena me pica, me veo bien gacha y está llena de pájaros que me asustan. Se come bien, eso sí. Pero no lo vale. Hay muchos restaurantes que me ahorran el trauma de pararme en la playa. Perdón.

La tercera señal son los gatos. Son tan populares en internet que, sí, seguro como ya estoy muerta no logro apreciar sus rasguños, las mordidas que algunos acostumbran, los rarísimos ruidos que hacen y lo convenencieros que creo que son.

También están las porras. Me dan una pena infinita las porras. Me incomodan más que un brasier con la varilla salida. Esos cantos que la mayoría entona con orgullo o para dar ánimos, a mí me invitan a cavar un hoyo a toda velocidad, enterrarme bajo la tierra y salir cuando el numerito haya terminado. Nunca he podido “echar” una goya (¿o es un goya?). Ja. Incluso escribir “echar una goya” me causa una vergüenza tremenda. ChiquitibunalaminbonWAT.

Por último están los organilleros, esos que se paran en las calles a girar la manija del, pues, organillo y hacen un escándalo insufrible. Pinches organilleros. La mayoría de las máquinas están fregadísimas y las melodías resultan todas desentonadas.

Yo veo que a la gente le maman, pero yo, como ya me morí, los odio.

¿Amargada? No, yo diría finada, fallecida, podrida. Es la única explicación.

Recen por mí.

 

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